Desde siempre me han encantado las historias de superación. Creo que no hay nada que nos brinde tanta energía positiva de una forma tan gratuita y generosa como ese tipo de relatos.
No quisiera parecer uno de esos cínicos pesimistas que rondan por ahí y que por su creciente número cualquiera diría que parecen que están en rebajas, pero mi impresión de la vida es que es un lugar gris y tenebroso. Incluso diría, y os perdono la mofa, que la vida es un lugar legañoso. Cada mañana nos despertamos de la cama ansiando el momento en que volveremos a ella, ¿puede haber algo más legañoso que eso? Lo cierto es que no queremos saber muchas cosas del mundo. Nos basta con saber que por la noche, la cama y la almohada estarán en su sitio, esperándonos como hermosas damiselas de un bar nocturno. Sin embargo, cuando una de estas historias caen en mis manos… Oh, chico, las camas se pueden ir con la música a otra parte, que a mi ya no me encandilan con sus artes nocturnas.
Cuando leo sobre uno de esos personajes que en un momento dado deciden darlo todo, plantar cara y hacer frente a las adversidades de la vida con auténtico fervor, siento auténtica ternura por el mundo en el que habito. Personajes que no se resignan a las despiadadas leyes de su entorno, que no aceptan su destino porque sí, sino que lo marcan como sólo los auténticos héroes saben hacerlo. Luchan, muerden y matan por conseguir todo aquello que consideran suyo. Creo que esas son las historias que valen la pena en la vida, las que realmente inspiran a los demás y les animan a vivir un día más.
La historia que quiero contar es más o menos de ese tipo… Es algo verídico ocurrido hace un par de años atrás en algún lugar de Cataluña y que yo al escuchar me mee de risa y me cagué de miedo a partes iguales. Para los curiosos debo decir que existe mucha información recogida en la biblioteca científica de Barcelona.
Como en toda historia de amor, y ésta ciertamente lo es, uno de los protagonistas es el que persigue y otro es el perseguido. Es decir, y disculpen mi contundencia, está el que las pasa putas, y luego está al que le da lo mismo cinco que ochenta. Siguiendo los cánones habituales de la narrativa clásica, Antonio, el macho de la historia, era el perseguidor, y Diana, la afortunada “victima”.
Sé que al leer esto, a priori, el relato puede parecer la típica historia con estructura tipo: chico conoce a chica, chico pierde chica, chica contrata a unos latinos para que maten al chico… pero no.
No porque el tal Antonio no era un chico normal y corriente. De hecho, ni era un chico en el sentido literal de la palabra, sino una mosca doméstica ( musca domestica, para los entendidos) de 3 milímetros de longitud y Diana, una dulce muchacha universitaria.
Estamos ante la historia de una mosca que una vez se enamoró de una humana.
Antonio era una mosca de corta edad cuando recibió el fuerte flechazo que determinaría de una forma inimaginable su destino. Angustiado por todas aquellas nuevas sensaciones, sobre todo por la extraña embriaguez que sentía, causada por la dulce imagen de la belleza que acababa de vislumbrar de forma multifragmentaria por sus agrietados ojos, voló hacia la ventana en busca del consejo de su padre. Él le diría que hacer…
-Hola, papi… verás me ha ocurrido algo y creo que necesito tu consejo…
-Muy rico…-le respondió su padre-. ¡Y ahora ponte a la cola… Que tus veinte hermanos llevan esperando hace ya un rato!
En ese instante, por detrás de él oyó las voces enfadadas de las demás moscas.
-¡Mira el listo este! ¡¿De qué va?!
-¡Zangano de mierda, a la cola!
-¡A qué te parto las alas, maricón!
-¡Muévete! –ordenó mi padre con un zumbido de voz.-. ¡Gandul!
Asustado por aquellos violentos comentarios, Antonio se alejó al final de la cola a la velocidad del rayo. Posó sus negras patas en el alfeizar de la ventana y esperó. Desde allí pudo escuchar los consejos que sus hermanos le pedían a su sabio padre. Ninguno era comparable a su problema.
-Dime, Rober, ¿qué te preocupa?
-Papi, ¿cómo hago para no quedarme atrapado en una mierda?
-Papi, ¿podemos volar marcha atrás? –preguntó otro de sus hermanos.
-Oye, Padre, en el póker, ¿las arañas se guardan muchos ases en las mangas?
Al final, tras algunas horas de espera, en las que algunas de aquellas moscas habían pasado del estadio de Mosca Joven a Mosca Adulta y por lo tanto su petición de consejo era con toda probabilidad, a esas alturas, absurda e innecesaria, le llegó el turno de Antonio. Se dio cuenta de que para él, aún si que le era importante el consejo de su padre. Todavía podía sentir esa energía vibrante… de ese bienestar malestar provocado por el flechazo, ¿entendéis?
Con timidez se acercó a la presencia de su padre. Él le miró con condescendencia. La misma con la que los lagartos miraban a los de su especie cuando no tenían hambre.
-Dime, ¿qué te ocurre, Antonio?
-Papi, veras…
-¡Que Papi ni que larva muerta! ¡Que ya tienes como veintitrés años!
-Perdón, papá, ni cuenta me había dado.
-Bien, cuéntame, ¿qué es lo que te preocupa?
-Ay, creo que me he enamorado.
De la boca de su padre en ese momento salió disparada la miel que minutos antes lamía de sus patitas y empezó a toser.
-¿Papi…?
-¡¿Enamorado?! ¿De qué me hablas? ¡Nuestra misión es copular allá donde vamos! ¡Somos los aristócratas del sexo! ¡Como no me estés hablando de enamoramientos multiples, te machaco!
-Papa, yo…
-¡Paco, vente para acá! –gritó su padre a su amigo del alma, Paco Maganisker, la mosca traicionera de Alcobendas.
-¡¿Qué ocurre, Manu?!
-¡Mira lo que acaba de decir el simplón de mi hijo! ¡Que se ha enamorado! ¡Por la cara!
-Antonio, no me seas mosquita muerta…-le dijo Paco a Antonio soltando una carcajada-. ¡Aquí, o follamos todos o la puta al río!
-¡Señor Paco! –gritó Antonio escandalizado.
Su padre y Paco al ver su reacción de Antonio prorrumpieron a carcajadas. Las demás moscas al ver la algarabía empezaron a acercarse a ellos, curiosas.
-¿Y de quién te has enamorado si puede saberse? –preguntó el padre de Antonio.
-No será alguna de mis hijas, ¿verdad? –le dijo Paco escrutándole con la mirada.
-No, no. Me he enamorado de… Ella es muy guapa, alta y esbelta…
-Bufff, ¿alta y esbelta? –dijo el padre de Antonio escéptico.
-¿Una polilla?
-¿Qué dices, Paco? Las polillas son unos cayos, tú lo sabes.
-Cierto.
-No, no, no es una polilla –dijo Antonio armándose de valor-. Es una humana.
De pronto, todos los zumbidos de los alrededores cesaron… Las treinta moscas que había en aquellos contornos clavaron la mirada en Antonio. Al unísono, las moscas levantaron una de sus patas y se la llevaron a la cabeza.
Antonio bajó la mirada avergonzado.
-Creo que este chico ha tomado demasiado vinagre –dictaminó Paco.
-Sí… –convino el padre de Antonio-. ¡Muy graciosa la broma, Toni!
-No es ninguna una broma… Me he enamorado de ella, lo sé. ¿Qué puedo hacer para conquistarla, Papi?
Las moscas estallaron a carcajadas. Todas, menos el padre de Antonio que le miraba como si fuera una mosca portadora de fiebres tifoideas.
-¿De que hablas, Toni? ¡Esto parece de Juzgado de guardia! –gritó mi padre escandalizado-. Para ya este circo y vete ya a copular por ahí, ¿quieres? Ya deberías haber engendrado dos generaciones.
-No, papá. Si no me ayudas a conquistarla lo haré yo por mis propios medios.
-¡Tu destino es copular, demonios!
-Papá, la quiero. Sé que no seré feliz si no hago algo…
-¿Has visto el tamaño de esa cosa? ¿Cómo vas a enamorarte de algo tan grande?
-Deberías haberle oído cantar, papi.
-Diossss.
-No descansaré hasta haberla conquistado, papá. Y moriré por ella si es preciso.
Una hora más tarde, Antonio era desterrado de la comunidad Moskimana por sus lunáticas y absurdas declaraciones.
“Una mosca que no copula es como la mierda que no huele: prescindible”, había declarado la mosca reverenda Maximilian Gustavs, antes de hacer efectivo el destierro de Antonio.
Lejos de sentirse triste o traicionado por el acontecimiento, Antonio se sintió libre. Que le hubieran desterrado era la mejor noticia que podía recibir. Ya no tenía que cumplir ninguna de sus obligaciones como mosca macho. A partir de ese momento, todo su tiempo sería dedicado para conquistar a la bella dama.
Abandonó el viejo almacén, en el cual se había congregado su familia desde hacia generaciones, y con la esperanza de no volver allí nunca más, voló hacia los edificios de enfrente, donde vivía la joven diosa que de forma tan misteriosa le había hechizado a él: a una mosca hecha y derecha. Voló hasta el segundo piso y entró por la ventana de su habitación que por suerte estaba abierta. No había nadie dentro de ella.
-Mecachisss –dijo Antonio.
Voló por el resto de la casa y vio que sólo estaban los padres de la chica que veían la televisión sin pasión alguna. Decidió esperarla en su habitación. Tenía tantas cosas que decirle, tantos secretos que confesarle. Se moría por ver la cara de su amada cuando se enterara de que acababa a renunciar a su destino como miembro de la comunidad de las moscas por estar junto a ella. Toda una prueba irrefutable de amor.
La chica no tardó en llegar. Por las voces de sus padres, que le llegaron del salón, Antonio supo que la chica se llamaba Diana.
Bonito nombre, pensó en seguida Antonio. Y en ese instante Antonio se imaginó la escena que vendría a continuación y no pudo evitar echarse a reír por el nerviosismo.
-Hola Diana… Soy Antonio –le diría con su voz más sensual-. Encantado.
La presencia de Diana llenó la habitación. Antonio notó como el lugar, de repente, se cargaba de energía… De una energía benigna que sólo seres sensibles como los insectos podían detectar. Diana dejó su maleta sobre la cama y se aproximó hasta su ordenador. Antonio voló hacia ella y se puso a la altura de su cabeza para que pudieran mirarse a los ojos. Sin embargo, ella se agachó para encender el ordenador. Cuando se volvió a levantar, Antonio recibió un gran susto. Su cabeza casi le dio de lleno. A punto estuvo de reventarle para siempre de la existencia. Con buen juicio, Antonio se alejó, manteniendo una distancia prudencial. “La chica era guapa, pero mortal” pensó. La joven volvió la mirada en su dirección… Pero sus ojos no expresaron emoción alguna. “Aún no me ha visto”, pensó Antonio. Excitado, revoloteó un poco alrededor de ella, haciendo un poco más evidente su presencia.
-Hola, soy…
La chica entrecerró los ojos y agitó su mano hacia él, en un gesto nada amistoso. Quedó claro que quería apartarle de su vista de inmediato. Antonio hizo un par de giros rápidos y logró escapar de la descomunal mano. Diana volvió a sus cosas. Antonio decidió intentarlo otra vez. Quizás había pensado que él era un bicho malo, uno de esos que pican, hacen maldades y dan asco de forma gratuita. Si lograba presentarse ante ella, todo estaría solucionado. Sabría que él era un buen bicho cargado de buenas y amorosas intenciones.
-Hola, Diana, soy…
La chica oyó un zumbido en su oreja. La mano, como un cepo, acudió rápida a sepultarla en un afán proteccionista. Una vez más, Antonio dio gracias a sus reflejos… Había escapado por poco de ésta.
Se retiró a un lugar seguro, a una esquina de las paredes superiores. De momento, estar cerca de Diana significaba jugársela. Era una chica guerrera, de eso no había duda. Pero tampoco había dudas de qué lograría conquistarla pues así estaba escrito en las estrellas.
Era su destino.
La chica apagó la luz y apoyó suavemente la cabeza en la almohada. Cerró los ojos y desde la pared, Antonio contempló con detenimiento a ese incipiente Ángel durmiente.
Cuando creyó que era seguro aproximarse, Antonio emprendió el vuelo de descenso y se posó en su mejilla. En ese instante sintió algo parecido a miles de voltios recorriendo su cuerpo. Era la primera vez que la tocaba… Una experiencia electrizantemente nueva.
Caminó hasta su oreja intentando hacer las menos cosquillas posibles. Cuando tuvieran confianza ya habría tiempo para ese tipo de mimosidades.
-Hola, Diana… Me llamo Antonio. ¿Qué tal?
Antonio sintió como todo su vientre daba vueltas. Su vista se nubló por completo. Era como estar dentro de una lavadora. Agitó con fuerza las alas con la intención de recuperar el control. Diana había levantado la cabeza de súbito, alertada por los zumbidos, provocando que Antonio saliera despedido por los aires. Antonio vio que la chica se había incorporado. Diana alargó la mano y encendió la luz.
-Tranquila…-le dijo desde lo lejos.
Diana oyó el zumbido y volvió la cabeza hacia su dirección.
-Se trata de un malentendido… Estoy aquí para protegerte…
Furiosa, Diana se levantó de la cama y abandonó la habitación. Antonio pensó en volar tras ella y presentarle sus excusas, pero decidió esperar… Las chicas necesitaban tiempo. Lo mejor era no agobiarla demasiado. Se calmaría, volvería y discutirían con calma sobre lo que había ocurrido…
Para su sorpresa regresó a los dos minutos... Antonio vio que su mirada había cambiado por completo. Su furia había dado paso a una absoluta determinación. Vio que sus labios se abrían formando así una pequeña sonrisa perversa. En ese instante Antonio se fijó en sus manos… Portaba un Spray… ¡Un insecticida!
-¡Nouuuuuuu!
El zumbido resultante no hizo más que motivar a Diana en su ejecución. Sin piedad pulsó el spray y la estancia comenzó a llenarse de gas venenoso.
Diana cerró la puerta tras ella, dejando a solas a Antonio en su Auschwitz particular.
Intentó aguantar la respiración… Pero al cabo de muy poco tiempo acabó sucumbiendo a su instinto de supervivencia e inhaló el gas. En ese instante, su vista fragmentaria, gracias a sus lentes múltiples, comenzó a nublarse… Su vuelo se tornó errático y desesperado. De pronto era como si sus alas hubieran adquirido autonomía y desesperadas intentaran buscar una salida de allí. Antonio sintió miedo. Volaba en círculos por la habitación a una velocidad hasta entonces no experimentada… Una velocidad ultrasónica. Estaba en un alocado rally aéreo.
Se estampó contra una pared y cayó al suelo.
Moribundo… Y sin poder aguantar la amarillenta luz de la habitación, Antonio se arrastró hacia debajo de la cama. Allí con un poco de suerte encontraría un poco de paz. Notaba temblores por todo su cuerpo… Y fuertes dolores en el vientre. Sus alas no respondían… Su último vuelo acababa de dar a su fin.
Sin saber cómo, Antonio logró llegar hasta debajo de la cama. La oscuridad lo abrigó y en ese instante se sintió una mosca afortunada. Hubiera sido indigno que una bella dama como Diana presenciara su miserable muerte. Oscuridad e intimidad, una mosca no podía pedir más.
Su mente se llenó de imágenes de Diana y se sintió mejor. Su recuerdo mitigaría el dolor final…
Para su sorpresa, Antonio no murió. Durante un tiempo, estuvo totalmente inmovilizado debajo de la cama. Suerte que ninguna araña hizo su ronda por allí porque ese si que habría sido su final. Sus temblores, así como sus vómitos fueron una dinámica constante en el transcurso de su sufrimiento. Pero sobrevivió…
Al parecer los de su familia habían desarrollado cierta inmunidad a los insecticidas. ¡Bien por sus genes hereditarios!
Asegurándose de que no había nadie en la casa, al cabo de un tiempo, decidió salir de su escondrijo. Por un momento temía que solo pudiera caminar… Pero se dio cuenta de que sus alas volvían a estar en plena funcionalidad. La mosca volvía al ataque. Débil pero al ataque.
Emprendió el vuelo. Lo primero era comer algo y recuperar algo de fuerzas. Debía volver a ser la mosca dinámica de antaño.
Llegó a la cocina y allí lo que encontró no fue comida… Sino un tesoro. Sobre el fregadero había toda una montaña de platos sucios y grasientos… El Santo Grial para una mosca.
Desde luego, al menos en ese día, la familia de Diana no había sido del todo ejemplar en cuanto a lo que higiene comensal concernía. Pero que por él que siguieran igual… No sería él quien les iba a reprochar algo. Voló hasta cima de la montaña y posó sus patitas sobre uno de esos deliciosos platos aceitosos. Sin pensárselo dos veces, bajó su cabeza y con su trompa succionadora empezó a alimentarse de ese delicioso caviar.
Antonio fue incapaz de determinar cuanto tiempo estuvo allí, descendiendo poco a poco por la montaña a medida que iba limpiando los platos a su nutritiva manera, pero fue mucho... Su vientre se abultó de sobremanera y se sintió el Benny Hill de la fauna insecta, por expresarlo de alguna forma. Cuando ya estaba más que saciado... Antonio planeó hasta llegar al suelo pues se sentía incapaz de volar decentemente. Lo más probable era que al estar tan lleno tuviera un vuelo repleto de tumbos y de sustos y que eso a la postre le hiciera vomitar. Decidió que lo más sensato era regresar a patitas a la habitación de Diana. Durante el perezoso camino se topó con dos cucarachas y una abeja maya, a las que saludó con educación. Llegó hasta la cama de Diana y se metió debajo de ella. Y allí, en el culmen de su satisfacción, durmió una señora siesta.
Se despertó poco después y para su sorpresa volvió a sentir hambre. Sin pensárselo dos veces regresó a la cocina y dio rienda suelta a su gula. En esta ocasión trabajó en la parte media de la montaña. Al regresar, se dispuso a darse una segunda siesta, tal y como estipulaba la ley de las moscas.
La cosa siguió así durante un tiempo… Se despertaba y comía… Comía y dormía.
Una noche soñó con Diana… Pero no fue el típico sueño idealista en el que uno conseguía a la chica y luego vivían felices y comían perdices. Al despertarse no tuvo la sensación de sentirse como un miserable al ver que su realidad no encajaba en absoluto con la del sueño … Más bien todo lo contrario. Aliviado. El realismo y la crueldad habían impregnado todo el sueño dejándole un malestar enfermizo. En él, su amada le había aplastado con su mano, sin miramientos, para luego lavárselas con jabón y poder seguir tocando el piano Había sido un sueño corto… Sin dilaciones y de una contundencia a prueba de balas. Al despertarse, Antonio se dio cuenta de que más que un sueño aquello había sido algo premonitorio. Si volvía a acercarse a Diana, aquello, indudablemente, sería lo que ocurriría.
Si su intención era conquistarla no podía seguir siendo ser quien era… No podía esperar que siendo la mosquita tímida y pequeña que era, pudiera llamar su atención. Ella se merecía algo mejor… Algo mejor que él... Algo que estuviera a su nivel, equiparable a su belleza, a su grandiosidad y a su talento natural. Sus esfuerzos debían ir en esa dirección. Tenía que salir de si mismo y convertirse en algo diferente para Diana. Abandonar todo lo que creía saber de si mismo… Incluso los aspectos que le gustaban de su propio ser y que le hacían ser Antonio, y dar el salto…
¿El salto hacia qué? ¿Hacia dónde?, se preguntó Antonio…
Ni idea… Lo que si sabía era que ese salto era necesario para estar al lado de Diana. Debía dejarlo atrás todo.
En ese momento Antonio sintió fuertes pulsaciones llevado por la ansiedad… Tuvo miedo. Una cosa era estar enamorado y decir que vas a conquistar a tu amor y otra cosa muy distinta era el hacerlo de verdad y acarreando todas las consecuencias que conllevaba… A pesar de que era una mosca y sabía volar, un gran vértigo se hizo presa de Antonio, impidiéndole pensar con claridad.
Sus patas empezaron a temblar…
Y de repente oyó unos pasos que se acercaban. Era Diana.
“Al diablo”, pensó Antonio y puso sus alas en funcionamiento.
“Hasta nunca, tía”, pensó Antonio mientras se alejaba del edificio.
Volvería a las seguridades de su familia con la esperanza de que le indultaran del destierro. Con su labia y una actitud humilde-sumisa podría conseguirlo sin problemas. Ya no más a la incertidumbre… Lo bueno de ser mosca era que la vida carecía de complejidades añadidas… Todo estaba programado. Y eso era increíblemente consolador.
Entró en el almacén y voló hacia la ventana en la que solía congregarse su familia. Al llegar encontró a moscas que por su tamaño debían ser muy jóvenes. Ninguna le resultó conocida. Al verle muchas moscas huyeron de él despavoridas.
-Oiga, ¿podría decirme dónde está Manuel Flypérez? -le preguntó Antonio a una mosca viejales y raquítica que descansaba por ahí.
-¡No me coma, por favor! –dijo el viejo asustado.
-¿Perdón? –dijo Antonio extrañado-. No voy a comerle, caballero, sólo estoy buscando a Manuel Flypérez. Es mi padre.
El viejo le miró extrañado.
-¿Qué ocurre?
-¿Es usted un Flypérez?
-Ajam, aunque fui desterrado hace…
-¡Miente! ¡Los Flypérez murieron! La última generación resultó ser una estafa. Todos eran estériles y ese fue él último y vergonzoso capítulo de su descendencia.
-No es posible… Yo estuve aquí hace unos… -a Antonio se le quebró la voz. Se dio cuenta de que era incapaz de determinar cuanto tiempo había estado fuera.
Días… Una semana… Lo cierto era que no sabía cuanto tiempo había pasado enfermo, ni cuánto tiempo había pasado comiendo.
-Si que es posible, grandullón. Manu Flypérez era amigo de mi padre… Murió hace un mes…
-¡Imposible! ¡Entonces yo debería ser un viejo! ¡Como usted!
-No sé si usted es viejo… Pero es increíblemente grande… Un gordinflas indigno de nuestra raza.
Antonio se dio cuenta de que tenía razón… Al mirar a su alrededor comprobó que era tres veces más grande que todas las moscas que había allí.
¿Qué Diablos?
Sin saber cómo ni por qué, algo se había puesto en marcha en su interior… Por alguna razón no había envejecido, no había muerto por el insecticida de Diana y ahora comía cuatro veces más de lo normal. Era como si una extraña energía se hubiera apoderado de él convirtiéndole en una…
-…Supermosca –musitó Antonio-. Soy una supermosca.
Cuando alguien expresaba sus deseos de verdad, sin miedo, con absoluta frialdad y seguridad, se decía que de alguna forma uno estaba apunto de hacerlos realidad… La mente y el cuerpo empezaban a trabajar en ello de forma incansable.. Algo así debía haber ocurrido con él. De su amor por Diana, de su irrefrenable pasión, su organismo había encontrado una forma de llegar a ella.
-Si… De eso no hay duda -dijo el viejo-. Es usted una fuerza de la naturaleza.
-Si….-dijo Antonio asustado y fascinado a la vez.
Un nuevo horizonte se abría ante él… La posibilidad de que él conquistara Diana se había tornado, de pronto, en algo cercano… En un dulce advenimiento.
-Si se queda aquí podría hacer mucho bien en nuestra comunidad. Hemos tenido muchos incidentes y desgracias… -dijo el viejo.
Y en ese momento, intervino otra mosca más joven.
-¡Quédese, por favor! Las arañas se han llevado nuestro más preciado tesoro: el amuleto sagrado que daba fuerza y esperanza a nuestro pueblo. Una maldad incipiente se ha adueñado de la zona. Hay accidentes de todo tipo, el alimento escasea y creemos que la profecía se hará realidad… Es usted nuestra última esperanza. Debe recuperar el amuleto para nosotros.
-Usted ha venido del cielo para salvarnos, de eso no hay duda. Es su destino
–intervino el viejo.
-Ajammm. Bueno, pues nada, mañana me dejaré caer por aquí… -dijo Antonio- Ahora, si me disculpáis me tengo que ir.
Antonio emprendió el vuelo.
-Hasta mañana, Buen Señor –dijeron las dos moscas al unísono, esperanzadas.
-Si, sí. Que os den por culo, anda –les dijo Antonio antes de salir de allí.
Estaba asustado y excitado a la vez. No había querido dar el paso, el gran salto, debido al miedo, y sin embargo, su cuerpo lo había hecho por él. Ahora no había vuelta atrás. Un interesante proceso se había puesto en funcionamiento y estaba inmerso en un camino sin retorno. Las cosas seguirían su curso…
¿Hasta dónde?
E ahí su preocupación. Sólo Dios podía saberlo.
A pesar de los temores que bullían por su cabeza, el bueno de Antonio voló hacia su destino. Voló a casa de Diana.
Fue la noche del 15 de abril del 2003 cuando Diana escuchó un ruido extraño procedente de uno de sus tres armarios. Era un ruido húmedo, como un extraño burbujeo o la pisada de alguien que va con chanclas mojadas. Apartó la mirada de su ordenador y miró hacia las puertas de sus armarios. Sus padres habían salido aquella noche… Por lo que el silencio en esos instantes era absoluto. Iba a volver la mirada de nuevo hacia el ordenador cuando otro de esos ruidos de charco se alzó sobre la habitación.
Diana abrió los ojos, alarmada… El ruido prosiguió y Diana sintió fuertes escalofríos… Era un sonido repugnante y grimoso. Un incesante chof, chof poco halagüeño.
-¿Hay alguien ahí? –preguntó Diana.
Como si de una respuesta se tratara se oyó un fuerte ruido que sonó como una pedorreta. Diana dio un respingo hacia atrás. Los ruidos venían de su armario viejo… Dónde guardaba todas esas horrorosas prendas sólo útiles para los carnavales.
¿Desde hacía cuanto no había abierto ese armario? ¿Todo un año?
La pedorreta sonó más intensa y se oyó un pequeño estallido húmedo… Un sonido de auténtico pringue.
“Ya basta”, se dijo Diana. Desde siempre se había considerado una chica de armas tomar, no una gilipollas. Se estaba comportando como todas esas chicas que salían en las películas de terror y que tanto daño habían hecho a la imagen femenina, Una chica indefensa y desvalida. Un auténtico cero a la izquierda que sólo sabía gritar, temblar y de vez en cuando, morder.
-Y una mierda –le dijo Diana al armario.
Si había algún pervertido en ese armario, cosa que dudaba, la verdad, se había equivocado de lugar. Diana cogió el bate que su primo Héctor se había dejado olvidado desde hacia cuatro años en una noche de Reyes y se preparó para abrir el armario.
Si alguien quería jugar con ella, pues eso era lo iba a tener.
-Veamos quien es el capullo que… -dijo al tiempo que abría la puerta
Y obtuvo precisamente eso… Un capullo en fase avanzada de pupación.
Diana enmudeció por completo.
Era el enorme capullo de un insecto de un metro y medio de altura. Tenía un intenso y empalagoso color a caramelo y por los pliegues burbujeaba una sustancia lechosa y humeante.
Diana quiso gritar pero no pudo… Lo que tenía ante sí era de auténtica película de terror Cronembergriana. Sus piernas flojearon y cayó de rodillas al suelo. El bate se desprendió de sus manos y los temores de Diana de convertirse en un icono del cine de terror se convirtieron en realidad. Era la joven desvalida e indefensa que hacia honor a ese detestable topicazo. Para más INRI, el capullo comenzó a abrirse delante de sus narices.
Primero, entre la viscosa sustancia blanca, surgieron unas tímidas patas de un negro intenso, recubiertas de pelos tan duros como alambres.
Diana no daba crédito…
Luego apareció algo redondo y grande… Recubierto por todas partes de esos horribles alambres. Unos pliegues se abrieron y sin previo aviso unos ojos de un horrible color bermellón miraron a Diana. Ésta estaba paralizada por el miedo. Antonio, a su vez, al verla sintió pánico. La cara de Diana era una mueca del horror.
-¡Diana!
Pero la chica no escuchó nada parecido a eso sino el horrible zumbido equiparable al de cien avispas airadas. Sus ojos se cerraron y fuertes espasmos producidos por el asco sacudieron su cuerpo.
-No, no, Diana…
Antonio agitó las alas para liberarse del caparazón que lo recubría de manera tan repugnante. Al hacerlo, trozos del capullo junto a la sustancia lechosa, bañaron a Diana.
Diana se dejó caer de espaldas contra el suelo como si acabara de aceptar su horrible destino. Quien iba a decirle que su final sería a manos de una mosca gigante surgida de un armario.
-¡Diana, no!
Antonio se arrastró hacia ella ya que sus alas y sus patas estaban aún algo aletargadas. ¡Tenía que protegerla! No iba a permitir que le pasara algo. Por esa razón y no por otra estaba allí.
Diana al notar el nefando olor de la mosca rompió a llorar.
-¡Por favor… No! –gritó Diana con los ojos fuertemente sellados y con las lágrimas bañándole el rostro.
Antonio sintió como si se le rompiera el corazón. Un gran sentimiento de culpabilidad se adueñó de él. Levantó la mirada y al hacerlo lo entendió todo. Un espejo de la habitación le mostró la obscenidad grotesca que formaban él y Diana juntos en la misma estampa. Un auténtico monstruo surgido de lo más negro del mundo estaba a su lado, babeante.
Antonio dio un fuerte grito y decidió apartar a aquel espanto para siempre de Diana.
Agitó sus alas y salió volando de la habitación.
Voló y voló hasta llegar a la extenuación. Al cabo de cuatro horas, como si de una gárgola maldita se tratara, Antonio se posó encima de una catedral.
Supuso que ahí terminaba todo… Su estúpida aventura hacia el encuentro de Diana. Su sueño imposible acababa de revelarse como eso, como un sueño imposible. Por su culpa Diana podía haber muerto esa noche y con absoluta seguridad, la pobre tendría daños psicológicos irreparables. Las visitas al terapeuta se convertirían en una constante en su vida.
Antonio miró hacia abajo… El suelo estaba a diez metros. Quizás si se cortaba las alas y…
¿Y sí?, sonó en su cabeza… ¿Y sí permitía que las cosas siguieran su curso natural? Por alguna razón él no era una mosca como las demás… ¿Y sí ese no era el punto y final?
Aún podían quedarle cosas por hacer… Su ciclo quizás no había terminado aún.
Antonio, renovado de energía y esperanza, agitó las alas y emprendió de nuevo el vuelo.
Al contrario de lo que había pensado Antonio, Diana no necesitó ayuda psiquiátrica para el resto de sus días. El cuerpo humano era sabio y la acertada mente de la joven borró aquella húmeda y escalofriante noche como quien formateaba el disco duro de un ordenador. Cuando algo horrible acontece en la vida de alguien, poderosos mecanismos de defensa mentales se ponen en marcha para proteger la integridad psicológica. Por supuesto que durante los días posteriores al incidente, Diana fue un forúnculo en su cama, incapaz de moverse y hacer algo más enérgico que levantarse para coger un vaso de agua. Tampoco a lo largo de su vida volvió a mirar con los mismos ojos a las inofensivas moscas. Se habían convertido en una fobia oculta y por supuesto, jamás volvió a rociar a ninguna con insecticida.
Sus padres al verla en la cama dedujeron que la pobre chica había cogido una gripe. Descubrieron por la habitación, y luego dentro del armario, los trozos del caparazón de Antonio, ya secos y solidificados. Sus padres miraron extrañados aquellas mierdas pero no preguntaron. Se limitaron a recogerlas y ya está.
-Un poco cerdita nuestra hija –le comentó la madre a su padre.
El hombre asintió.
Tres años más tarde, cuando Diana estaba cursando tercero de económicas en su pequeña facultad, un chico nuevo que nadie había visto jamás entró por la puerta. Sus andares eran extraños y erráticos… Sus piernas temblequeaban sin parar como movidas por pequeños calambres. Su tronco se movía de un lado a otro como una especie de absurdo tentetieso y en sus manos tenía unos libros, los cuales abrazaba sin parar…
Era como si un payaso de feria hubiera decidido de repente darse un paseo por aquellos lares. El extraño estudiante se detuvo y observó a la multitud que se movía sin parar en busca de puertas que les llevaran al jardín, a la cafetería o al baño, todo menos a un aula.
A lo lejos vio a Diana. Iba acompañada de dos amigas.
Antonio, en ese instante, sintió su corazón en la garganta. Sus temblores en las piernas se intensificaron y la imagen suya con la de un bailón de discoteca hasta los topes de crack apenas tenían grados de separación.
Era la hora de la verdad. Después de tanto tiempo y camino recorrido, ambos volverían a verse. Todo el esfuerzo y dolor que Antonio había pasado durante los últimos años… Un dolor que jamás hubiera creído soportar para llegar a estar como estaba ahora, iba a de tener su recompensa. Se mirarían a los ojos y ella reconocería el vínculo que había entre ambos. Sentiría todo ese esfuerzo derrochado por ella, esa bienintencionada energía. Advertiría que no era como los demás sino un rayo de luz hecho para iluminarla…
Diez metros la separaban de ella. Antonio cerró los ojos y memorizó la única frase que de momento había aprendido a pronunciar con absoluta corrección.
-Hola, soy Antonio, ¿tú como te llamas?
Abrió los ojos y comenzó a andar hacia ella. Mientras lo hacia repetía una y otra vez la frase.
-Hola, soy…
En ese instante sus ojos se cruzaron con los suyos. Ella le miraba directamente. Y no con asco, ni con miedo.
¿Con curiosidad?
Su corazón dio un vuelco pero Antonio supo dominarse. Era la hora de actuar.
-Hola, soy an…
En ese momento sus débiles piernas, apenas entrenadas y soportando más temblores y tensión que la habitual, le traicionaron y se dio de bruces contra el suelo.
Se oyó una algarabía de risas a su alrededor. Antonio, rojo de vergüenza, se quedó allí mirando al suelo. Esperó que la dulce mano de Diana tirara de él y le ayudara a levantarse. Entonces, por fin, podría decirle su frase. Pasaron los minutos y no ocurrió nada. Se dio la vuelta…
Diana, junto a sus dos amigas y tres chicos más que se habían unido a ellas, abandonaban la facultad. Reían y hablaban, exultantes.
Bañados por la luz del sol de la mañana todos resultaron increíblemente bellos a la vez que amenazadores para Antonio. Poco después, los jóvenes se subieron en un coche y emprendieron la marcha… Dispuestos a comerse el mundo.
FIN
AUTOR JAVIER CHAVANEL.
lunes, 12 de enero de 2009
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